Minuto de terror – Los mudados

  El taller al que voy (Siempre de Viaje, recomendadísimo para los que andan por Buenos Aires) organiza lecturas con una propuesta vertiginosa. Cada alumno cuenta con un minuto para leer un texto propio en base a un tópico en particular. En esta ocasión la temática fue “Terror”. Les comparto mi aporte:

LOS MUDADOS

   Luego de la mudanza pasaron a presentarse. Tenían un hijo de ojos redondos y oscuros. Padre y madre hablaron sobre si mismos sin parar y recién antes de irse preguntaron por mí. Al enterarse de que vivía sólo se miraron y sonrieron.

   A la siguiente semana apareció la primera. Había escuchado el repiqueteo sobre el techo pero preferí no pensar mucho.

   Me acerqué a preguntar a ver si sabían algo. La madre me dijo que tuviera cuidado, que su marido era un buen hombre pero que no toleraba que criticaran a su hijo. Antes de que pudiera aclarar los tantos me cerró la puerta en la cara. A los pocos días las escuché en la cocina.

   Una noche el vecino golpeó la puerta y me invitó a cenar, como una disculpa por el “malentendido” con su mujer. Le dije que estaba todo bien, que no había pasado nada. Rechazó mis excusas y mantuvo el pie contra la puerta. Terminé sentado en un comedor luminoso con tres pares de ojos mirándome fijo. La comida no llegaba. El chico me preguntó si tenía hambre y le contesté que no. Con los ojos húmedos me dijo que era una pena porque ellas no comían hace días y yo estaba demasiado flaco.

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Para los que quieran disfrutar (o temblar) más minutos de terror pueden descargar una compilación con todo lo leido aquella fatídica noche de Marzo.

Carta a la Tarde

   El enojo. Intentar calcular, prever, en qué minuto exacto te vas a enojar. Qué hecho ajeno, tostado quemado, café confundido, titular maldito te prepara para el enojo profundo ¿Cuántas otras preguntas y cuestiones hubiesen quedado latentes, dormidas, casi perdonadas de no haber llegado tarde?

   Los problemas se entretejían en una bufanda asfixiante durante inviernos como el que vivíamos. Yo jugaba en desventaja, remando contra la marea que siempre fue para mí el tiempo. Corría contra el tiempo. Uno dice eso y parece que está en una carrera para ver quién llega primero, el contra remite a contrincante, oponente, algo digno. Pero en mi vida nunca me sentí como en una olimpiada y el contra en mi caso significaba el tiempo viniendo de frente para chocarme, tomarme de los brazos y retenerme.

   ¡Si hubieras entendido esto! O si yo hubiera podido explicarte. O si hubieras podido creerme. Tantas veces me perdí en el laberinto de pensar si era que no podías entender o que no podías creer y aquellos días en que me sentía insólitamente vivo pensaba que en algún momento lo lograrías.  Cuando estaba mal intuía que nunca sucedería.  Y hubo un día, ese día en el que me robaron tanto la esperanza que comencé a pensar que simplemente no querías creer o entender, que lo tuyo no eran los límites lógicos de la comprensión o los años enteros de concebir al mundo y al tiempo como lo hacen todos, no era una cuestión de voluntad sino de deseo. Me convencí de que me soltabas la mano y te hacías una con el tiempo, que en ese enfrentarse a la tormenta yo estiraba la mano y vos dejabas caer tu brazo como un peso muerto. Ese día tus manos pasaron a ser lo mismo que las agujas del reloj y tus muñecas flacas se dejaron encadenar. Nunca te lo dije pero me sentí traicionado. Nunca te lo dije porque sabía que tu enojo, justificado y amparado en horarios y convenciones, era un escudo completo para que dejáramos de hablar de todo lo otro que pudimos haber hecho mejor. Que pudimos haber sido mejor.

   Si estas horas inciertas fueran tuyas también, si las estuvieras compartiendo conmigo me dirías que deje de socializar nuestras derrotas. Que deje de dividir la galleta de las responsabilidades, las culpas y los brotes de chocolate amargo en partes iguales porque en el proceso no hago más que llenar la mesa de migas. ¿Te acordás de cuando estábamos en el café? Nuestra última charla, otra de esas reuniones para intentar resolver lo nuestro como si fuera una cumbre de líderes mundiales discutiendo el cambio climático, con solemnidad y promesas truncas incluidas. ¿Te acordás de que hiciste un alto en tu discurso para decirme que dejara de hacer migas? ¿Qué pasó con tu café?  ¿Por qué lo dejaste enfriar, casi sin tocarlo? A vos nunca se te cerraba el estómago y nunca abandonabas un café. ¿Fue esa la pieza de dominó que derrumbó todo? No dejo de pensar cómo hubiéramos encadenado las palabras de haber estado más templados.

   Perdoname si me obsesiono, pero en los detalles está todo. ¿Cuántos segundos bastaron para que nuestro tiempo ya no fuera un futuro? Me pregunto eso y luego sonrío al sentir que es una desgracia. Una desgracia que nuestras horas no sean más nuestras. Una desgracia pensar que perdimos el tiempo, que perdimos algo que ni siquiera tuvimos, que te tuve apenas en tus detalles, en tus dedos o en tus pestañas cerrándose en reproche. Te tuve de a piezas temiendo perderte con el tiempo. Y así, desorientado en detalles, en instantes, en temores, llegamos tarde.

Los ojos del diablo

Caminando a la vera de la ruta el sueño se hizo recurrente. Cerrar los ojos era mi gran temor y mi gran morbo; cada vez que lo hacía se proyectaba la misma secuencia. De todos lados a ninguno, de ningún lado a todos. Un camión con acoplado corrió cerca devorando oscuridades, ignorando mi andar fantasma. Su paso refrescó las gotas que resbalaban mi frente con una intensidad y una claridad que desconocía. Mis pasos eran torpes, mis manos estaban lejos y me crujía la conciencia de saber que esto estaba sucediendo. Sentí unas ganas irrefrenables de abrazar la tierra, de enterrarme como una laucha y no salir hasta que amaneciera. Caí de rodillas y escarbé. Mis dedos estaban secos, mis ojos imaginaban chispas en su roce contra las piedras. Reviví el ardor en mis pestañas. Sentí que faltaba a mi palabra cuando recosté mi cabeza contra un coirón, dorado aún en sombras. Comprendí cuando sus ramas se hicieron pelos sucios. Su olor a tierra y cobre agrio cubrió mi cara y me sentí cómodo por un momento porque pensé que había vuelto a donde me correspondía morir, junto a ese pelo y su silencio que invocó mis gritos desaforados. Sentí su último aliento a café. Después, entre los hierros retorcidos, recuerdo haberme escurrido, gota a gota. Y me fui durmiendo, dudando un consuelo de tonto, pensando si los ojos que se cerraron y ahora volvían a cerrarse eran míos o en realidad eran del diablo.

Nominación al Very Inspiring Blogger Award

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Recibo con mucho aprecio mi primer nominación de la mano del talentoso José Sala. Soy nuevo en WordPress así que discúlpenme si fallo el protocolo, tenganme la paciencia que le tendrían al pequeño salvaje de Aveyron si cae a su cumpleaños con un vino tinto.

Procedo a contar 7 cosas sobre mí, ni más ni menos:

1. Mi número favorito es el 7. También me gustan el 13 y el 14 porque es doblemente 7.
2. Me preocupa más que los extraterrestres crean en mí que yo en ellos
3. Vivo en Buenos Aires desde hace años pero soy originario de esas mágicas y difusas tierras que por acá llaman “El Sur” y en el resto del mundo Patagonia.
4. Me gustaría saborear colores al menos una vez por semana
5. De chico confundía cebolla con ajo y la triada pestaña, párpado, ceja. Por suerte no conocí la existencia del echalote hasta grande
6. Me gustan los buhos, son como gatos alados y siempre traman algo
7. Realmente creo que no hay mejor invento que el sandwich

Estoy flotando en la blogósfera desde hace un mes pero ya tuve la oportunidad de leer un montón de blogs interesantísimos de poesía, relatos, recopilaciones, y reflexiones escritos por personas de todas partes del mundo. Comparto con ustedes los 15:

Literaturbia
En Humor Arte
Misterio Los Viernes
Angelo’s Universe
El Bosque Silencioso
Los naufragios
Oxiaction y otras prendas delicadas
Un gato en el año del tigre
La Realidad Alterna
Salto al Reverso
Marialajuana
Automatismos Diarios
Después de la Media Rueda
Life vest under your seat
Voluptuosidad es la palabra

Gracias nuevamente por leer ¡que las musas los acompañen!

Desliz

Vamos desnudos en una hoja
de esas que no son vistas
más que por ojos culpables

Pares de las doce a la noche
abiertos bravos seguros esclavos
de la misma cadena sabrosa

La que limás para que vea tus manos
sabiendo que se insinúan en mi
tus dedos como peces en marejada

Dame mi nombre al oído
para que no me vaya del todo
y al rato dejá que me olvide

Deseonírico

http://instagram.com/myeyesadjust/

PH José Rodriguez Palomo basado en este poema. Para ver más de este talentosísimo fotógrafo guatelmateco podés visitar http://instagram.com/myeyesadjust/

Deseo la oscuridad
del reverso de mis párpados

Mimetizarme
tener de camuflaje mis sábanas

Adiestrarme
para poner fin a la bulimia
de mis horas de sueño

Ser canción
de mil trovadores oníricos
sonar en oídos sonámbulos

Ser dueño
de los secretos de la alquimia
hacer oro las horas perdidas

Ser deseo
luego jugar a ser cumplido
en dulces simbiosis imperfectas

Bañarme
en líquidos mundos quiméricos
utopías de carne y hueso

Mimetizarme
tener de camuflaje otros cuerpos

Deseo la oscuridad
y el deseo de labios sueños

Luna de Living

luna de livingEran las cinco de la mañana y la lámpara titilaba impar. Vi que se asomaba por la cortina una vez, dos veces, tres veces y volvía a sentarse con cara de miedo. La cuarta me cansé y le pregunté: ¿Qué te tiene tan preocupado?

Me respondió con otra pregunta:

¿Qué va a hacer el sol cuando despierte de su siesta y vea que aún seguimos jugando a ver de noche como si no lo necesitáramos?

Tuve que sujetarlo con todas mis fuerzas para que no volviera a apagar la lámpara.

Plumas Azules

plumas azules 2

La ventana y sus barrotes delgados como patas de gaviota daban hacia un mar inmenso. A lo lejos dormía una isla que apenas veía y que imaginaba uruguaya. La peor parte de estar ahí encerrado era la ventana abierta recordándole que no era libre. Por entre los barrotes se colaban el aire salado y el susurro de las olas que arrugaban su cara deseante. Su temor era ser de agua dulce, no saberlo y morir en el intento. Pero un día decidió arriesgar todo: se hizo pez y se escurrió entre las patas del ave que apenas atinó a volar

Cuatro Oscuro

Cuatro Oscuro

– Apenas se ve su espalda. Lleva pantalones de vestir negros sin ruedo, camisa blanca arremangada. Sus manos recorren la mesa, toman hojas, las revisan, separan, organizan. Cae sobre su pie una hoja, se agacha pero nunca mira hacia atrás, nunca me ofrece su cara. La lee, se detiene en ella por un instante. Lo veo mover sus brazos con efusión; encontró lo que buscaba. Dudo. Se lo muestra a su compañero, apenas veo sus manos tras la pared recibiendo y levantándose festivas. Los veo abandonar la oficina, veo sus espaldas marcharse vistiéndose con sacos. Puteo.

– Lo veo tomar un teléfono. Se reclina contra el escritorio, su rostro se pierde tras la biblioteca. Veo sus piernas moviéndose inquietas, temblando. Veo como retrae el talón, como da puntadas contra el suelo con sus zapatos filosos. Lo veo cruzarse las piernas, lo veo cansado, ansioso y rendido. Quiero hacer foco la comisura de sus labios para entender.

– Veo sus botas avanzar. Las veo destiñendo el césped, arañando el barro, marcando veredas. Observo su ritmo, casi hipnótico, milimétrico. Su paso firme y su firme peso que los aploma contra el cemento. Los veo grises, muy grises. Apunto, apuntan. Veo sus espaldas rectas, sin vida. Y muy cada tanto veo a uno temblar. Disparo, disparan.

– Lo veo. Lo veo y no lo recuerdo, más que como una acuarela amateur. Sólo vivo sus pies exhaustos, sus tobillos desnudos y sus piernas manchadas. Vivo su fiebre y su piel trigueña opacada. Siento deseos de ser algo más. La imagen me hace vibrar, pierdo el pulso. Dudo, pienso en abandonar el ángulo perfecto que me viste sombra. Me percato de que respiro, como si lo hubiese olvidado, como si estuviese aprendiendo. Siento que me van a oír suspirar, que me van a oler el miedo. Tomo la cámara y disparo. La escena está por allá. Me siento tranquilo, por acá su fiebre no es la mía, mis ojos aún brillan.

Yo no soy mi ángulo, apenas soy una línea que empieza y termina. Yo no soy mi ángulo… recito mi mantra mientras me alejo

Contraluz

   Aproveché la noche para jugar con mi sombra. Ella llevaba la delantera y yo la imitaba. La seguí hasta un terreno baldío oscuro, donde se adelantó atropellada por las luces de la avenida, hasta perderse en la penumbra. La busqué corriendo entre las matas que rasguñaban mis piernas. Me imaginé en un mar de gatos negros y temblaron mis piernas supersticiosas. Recuerdo haber gritado su nombre y no haber oído su eco. Regresé asustado a la calle. Ella ya no estaba. Corrí zigzagueante entre las luminarias, esperando que en cada giro se dibujara mía nuevamente. Pero no apareció. Tan cobarde y solitario me sentí pensando en que la había abandonado entre botellas rotas y nylon que ya no abro los ojos, no como, apenas respiro. Temo descubrir que soy unidimensional, tan delgado que la luz me ignora.

sombras