Los ojos del diablo

Caminando a la vera de la ruta el sueño se hizo recurrente. Cerrar los ojos era mi gran temor y mi gran morbo; cada vez que lo hacía se proyectaba la misma secuencia. De todos lados a ninguno, de ningún lado a todos. Un camión con acoplado corrió cerca devorando oscuridades, ignorando mi andar fantasma. Su paso refrescó las gotas que resbalaban mi frente con una intensidad y una claridad que desconocía. Mis pasos eran torpes, mis manos estaban lejos y me crujía la conciencia de saber que esto estaba sucediendo. Sentí unas ganas irrefrenables de abrazar la tierra, de enterrarme como una laucha y no salir hasta que amaneciera. Caí de rodillas y escarbé. Mis dedos estaban secos, mis ojos imaginaban chispas en su roce contra las piedras. Reviví el ardor en mis pestañas. Sentí que faltaba a mi palabra cuando recosté mi cabeza contra un coirón, dorado aún en sombras. Comprendí cuando sus ramas se hicieron pelos sucios. Su olor a tierra y cobre agrio cubrió mi cara y me sentí cómodo por un momento porque pensé que había vuelto a donde me correspondía morir, junto a ese pelo y su silencio que invocó mis gritos desaforados. Sentí su último aliento a café. Después, entre los hierros retorcidos, recuerdo haberme escurrido, gota a gota. Y me fui durmiendo, dudando un consuelo de tonto, pensando si los ojos que se cerraron y ahora volvían a cerrarse eran míos o en realidad eran del diablo.

7 comentarios en “Los ojos del diablo

Bienvenido sea lo que tengas para decir

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s